lunes, septiembre 05, 2005

Quinto Informe de Fox

A.D.F.

…que el presidente se tenga que cuidar de estos riesgos, va más allá del cuidado de imagen. Es un síntoma terminal de un ritual, que pese a todo, no cambia y que pone a Fox, en parte, como víctima de un proceso que se cuece aparte y que se remonta hasta antes de su llegada al poder…

Introducción

El mensaje que leyó el presidente Vicente Fox durante la ceremonia del Informe, desató un intenso debate en torno al objetivo para cambiar la tradicional lectura de cifras y logros, por un mensaje político. Para algunos fue un acierto, para otros una irresponsabilidad, y sin embargo el debate que generó, es sobre las bases mismas que durante décadas funcionaron como sustento de este rito.

El clima previo a la ceremonia estaba enrarecido por ambos lados: la Presidencia de la República con una campaña en medios que atacaba al pasado y responsabilizaba al poder legislativo de la parálisis de esta administración, y por el otro, la designación del priísta Heliodoro Díaz como presidente de la Cámara de Diputados, un hombre del bronx de San Lázaro, incondicional a Roberto Madrazo, golpeador político de personajes como José Mura y Ulises Ruiz, y encima de todo, señalado como el artífice del ataque vandálico a la casa de Elba Esther Gordillo el día anterior. La mesa estaba puesta para la confrontación, cosa que al final, no sucedió.

A diferencia del año pasado, cuando hubo 21 interpelaciones que significaron nueve minutos y 17 segundos de pausas en la lectura del presidente, este año únicamente hubo cinco interpelaciones, dos de ellas, absolutamente fuera de lugar, como la que siguió a la frase “hemos construido muchos muros y pocos puentes”.

Y es que como señaló Carlos Marín (“El asalto a la razón”, Milenio, 2 de septiembre, 2005), el presidente frenó en seco y la jauría –ávida de protagonizar otro rosario de interpelaciones- no ésta no supo qué hacer. Así, la apuesta de Vicente Fox resultó en una victoria en ese frente, y así lo consideró su equipo de comunicación (“Bajo Reserva”, El Universal, 2 de septiembre, 2005).

La crisis de la ceremonia del Informe

Sin embargo, el que el presidente se tenga que cuidar de estos riesgos, va más allá del cuidado de imagen. Es un síntoma terminal de un ritual, que pese a todo, no cambia y que pone a Fox, en parte, como víctima de un proceso que se cuece aparte y que se remonta hasta antes de su llegada al poder. Jaime Sánchez Susarrey (Reforma, 4 de septiembre, 2005.) señala que el informe es un pilar del presidencialismo, que sin embargo, nunca fue una ceremonia “ni republicana ni democrática”. Ésta ha pasado de un extremo a otro, y ahora es un “ritual antipresidencialista” que ante su irreverencia y estridencia, “es tan poco republicano como el anterior”.

Francisco Valdéz Ugalde (“¿Qué pasa con el formato?”, El Universal, 4 de septiembre, 2005), para quién el mensaje de Fox fue un acierto, abunda:

La diversidad plasmada en la pluralidad política choca con sistemáticamente con un modelo político diseñado en otros tiempos y para otras condiciones. La imagen repetida de un presidente increpado en un Congreso que no da cauce exitoso a sus iniciativas, proviene en su fondo, de la persistencia de un molde constitucional en el que ya no cabe la realidad.

Fue en esos “otros tiempos” en los que la quintaesencia de la democracia republicana adoptada en 1824, la rendición de cuentas sobre el uso del poder, se desvirtuó en el origen, como sostiene Lorenzo Meyer (“Agenda Ciudadana”, Reforma, 1 de septiembre, 2005) y por el que guarda su forma actual.

Meyer hace un viaje por la historia y nos señala la evolución del informe. Su origen se sitúa en 1821 en un mensaje de una cuartilla y cuarto que leyó Agustín de Iturbide ante la Junta Gobernativa en el que recuperaba los ideales de independencia. Por su parte, el primero en dar una lista de logros de gobierno, que 114 años después desapareció, fue Porfirio Díaz en 1891 en una lectura cuatro veces más extensa que todas sus predecesoras: ocho cuartillas en total. Y de ahí su crecimiento sostenido. La última comparecencia del General Díaz antes de su derrocamiento constó de 13 fojas.

Francisco I. Madero ocupó 21 páginas en su único informe; Venusiano Carranza, 59; y Lázaro Cárdenas 23. Pero con la llegada del PRI la lectura del informe alcanzó su cenit. Los de Adolfo Ruiz Cortínez constaban de 50 páginas y el de 1976 de Luis Echeverría la friolera de 76.

Pero en el fondo de todo esto, se encuentra el formato actual y que se ha puesto en discusión tras el mensaje de Vicente Fox. Como señala Meyer, durante el régimen del PRI, el informe no se trató de otra cosa que la “afirmación ostentosa de la primacía autoritaria del poder presidencial sobre los otros poderes”. Era el día del presidente y estaba diseñado para rendirle pleitesía en onerosas comidas y besamanos. Hoy que el presidencialismo ya no es así, pero las leyes se mantienen, nos encontramos frente a este debate y ante escenas lamentables como las de hace un año. Gilberto Rincón Gallardo explica que “el viejo modelo del informe transitó con gran velocidad de una asimetría favorable al presidente en turno a una asimetría contraria, en la que el propio presidente se halla en una surte de inmermidad frente a su auditorio directo.” (Reforma, 4 de septiembre, 2005) Es anómalo que, le digan lo que le digan los legisladores, el presidente no pueda contestar.

Sobre esto último, se alzan voces que demandan que el presidente acuda a debatir de frente con los legisladores, pero en un sistema presidencial como el que vivimos, hay puntos que considerar. Sánchez Susarrey (Idem) sostiene que el presidente no puede ni debe debatir de igual a igual con los legisladores, porque a diferencia de los sistemas parlamentarios o semiparlamentarios, el gobernante no salió de entre ellos.

Por su parte, Porfirio Muñoz Ledo señala que es contradictorio que el presidente acuda ante el Congreso en su doble función de Jefe de Estado (simbolizado con la banda presidencial), a rendir un informe administrativo, que corresponde al trabajo de un Jefe de Gobierno. Desde su punto de vista, el Jefe de Estado no debe ser interpelado, en cambio, el Jefe de Gobierno tiene que serlo y debe contestar, pero como en México ambas figuras se presentan en el mismo momento y en la misma persona, causa confusión.

La propuesta de este politólogo, que vale la pena rescatar en tanto no se cambie a un sistema semiparlementario, es que el presidente de la República, en su condición de Jefe de Estado, se presente ante el Congreso a dirigir un breve mensaje político el día de inicio de periodo, y posteriormente regrese a discutir el trabajo de la administración ya sin esa investidura.

Las palabras de Vicente Fox

Es importante destacar el hilo conductor: democracia. Durante el mensaje, Vicente Fox dijo en 44 ocasiones “democracia”, “democrático”, “democrática”, “democratizadora” y todos los derivados de la raíz griega δημοs que vinieron a su mente, como tratando de enfatizar el papel que su llegada al poder significó, asumiéndose no como producto de un proceso democratizador de décadas –al que ha ignorado-, sino como su redentor.

Las críticas a su mensaje se sustentan mayormente sobre la vacuidad del mensaje. “Un informe de frases, no de cifras. Tan breve que parece que sólo fue de trámite, pues ni el mismo Fox quería estar ahí (ni nadie más)”, sentenció Francisco Cárdenas (“Pulso Político”, El Universal, 2 de septiembre, 2005). Para Raymundo Riva-Palacio el quinto informe fue un cambio más del gobierno del cambio, pero por la vía indeseada, la de “la devaluación de la investidura presidencial” (“Estrictamente Personal”, El Universal, 2 de septiembre, 2005). “Faltó liderazgo”, reclamó Carlos Mota (“Cubículo Estratégico”, Milenio, 2 de septiembre, 2005) y Gerardo Unzueta se preguntó, citando un pasaje del Mío Cid, en español antiguo: “El Informe, ¿do está?”

Y es que en el fondo, también está el problema de la credibilidad del presidente. ¿Siquiera valía la pena que intentara decir otra cosa? Raúl Cremoux dice que la rendición de cuentas bajo este formato ya a nadie deja satisfecho, ni siquiera a preparan y difunden. Los sistemas de valores por los que se transmitía el acontecer de la vida política han cambiado pero dejaron intacto el centro nodal, teniéndonos ahora frente a una ceremonia que interesa poco, y dice menos. (“¿Fox es creíble?, El Universal, 2 de septiembre, 2005).

¿Y si lo hubiera dicho, qué ganaba? Aparentemente nada. La oposición seguiría insistiendo en el fracaso rotundo del presidente, ignorando alevosamente los pocos logros que sí ha tenido, que serían los mismos que su partido intentaría enaltecer. “Entre la clase política, no habrá, porque no puede haberlo, un balance objetivo” (Ricardo Raphael de la Madrid, El Universal, 2 de septiembre, 2005).

Vicente Fox intentó ser conciliador, hizo llamados a la conciencia y al trabajo en conjunto, señaló que hay materias en las que sólo se avanzará mediante la coordinación del Poder Ejecutivo y Legislativo y tiene mucha razón. Pero este mensaje llega cuando sólo le quedan quince meses en el puesto. Jorge Fernández Meléndez abunda:

Quizás hubiera sido un buen discurso para inaugurar un mandato constitucional, fundacional, para trabajar durante seis años. Pero cuando apenas quedan quince meses de gobierno no es suficiente.

Y encima de todo, es contradictorio, porque no son estos términos en los que se ha conducido durante su gestión, el llamado llega envuelto en la atmósfera hostil por su campaña previa al informe. ¿Por qué le habrían de creer?

Empero, no todo es negativo para el presidente. Hubo ofertas al diálogo, a asumir responsabilidades compartidas, se hizo hincapié en la necesidad de transformar la democracia electoral en beneficios reales a la gente, se reconocieron materias pendientes. En fin, puntos importantes que fueron tan escasos que se perdieron en la retórica, pero que hay que destacar.

El mensaje de Fox buscó así mismo, explorar los terrenos de los que sacará su legado político. El desafuero de López Obrador marcará ineludiblemente su gestión, y la falta a sus promesas de campaña lo dejan con poco de dónde cortar. Así, Fox pretendió, inocentemente, colgarse la medalla de la democracia, pues a cinco años, ya no tiene nada que presumir más que haber sacado al PRI de Los Pinos. Pero pareció más un corte de caja anticipado; ya bajó la cortina.

Al final, Vicente Fox no quedó tan mal parado. Heliodoro Díaz quedó peor. Con una respuesta absolutamente desarticulada del mensaje que el presidente acababa de dar, con una lectura paupérrima y una demostración de falta de oficio de oratoria que hicieron de él una caricatura. Qué mal lector de discursos escogió Emilio Chuayffet.

Al final, lo mejor del quinto informe de gobierno de Vicente Fox, es que ya sólo falta uno.

alfredo.díaz.f@gmail.com