Madrazo v.s. Montiel, el PRI sin el dedazo
A.D.F.
“…las similitudes entre ambos no auguran un elevado tono de debate; de propuestas, menos. Madrazo y Montiel son dos viejos lobos de mar que se las saben de todas, todas y que para ganar la postulación echarán mano del recurso que sea necesario (sucio, caro o ilegal) como lo han hecho en sus respectivos feudos…”
En el PRI se avecina la lucha interna más ríspida de su historia en pos de la candidatura por la presidencia. Huérfanos del dedazo presidencial que les obligaba a guardar los ánimos, a la disciplina y a la unidad en torno a un candidato, las diferentes escuelas del priísmo superaron su primera gran batalla y enfilan sus mejores –y peores- armas para el encuentro final.
El saldo de la primera contienda arrojó a Arturo Montiel como el vencedor de un enfrentamiento claramente entre salinistas y zedillistas, entre los que en 1999 apoyaron a Roberto Madrazo y los que hicieron lo propio con Francisco Labastida, como Diódoro Carrasco o Emilio Gamboa ahora detrás de Enrique Jackson.
El triunfo de Arturo Montiel del grupo Unidad Democrática, implica el retorno de las figuras desplazadas hace seis años y que poco a poco fueron cavando su regreso a las posiciones de poder con el relevo de Dulce María Sauri en la dirigencia nacional del PRI ya sin un presidente de los suyos en Los Pinos.
El hecho adquiere mayor consistencia toda vez que el otro precandidato y presidente de ese partido, Roberto Madrazo, creció en popularidad y mañas al cobijo del gobierno de Carlos Salinas, es decir, de una u otra manera, el ex presidente tiene fuertes vínculos con los dos finalistas del proceso de selección tricolor.
Sin embargo existen diferencias importantes entre Montiel y Madrazo que los diferencia tanto en sus fines como en su forma de hacer política, ya que sus orígenes mismos son distantes. Estas diferencias resultan fundamentales para tratar de entender el panorama que se conforma al interior del partido político más importante de nuestro país.
A pesar de que detrás de Montiel se hallan varios ex colaboradores de Salinas, su fuerte está en el grupo de Atlacomulco, su cuna, y el que será su principal capital político para enfrentar a Madrazo. Este grupo, pese a controlar el mayor electorado de este país, lleva 55 años añorando que uno de sus vástagos llegue a la presidencia, como no lo lograron Alfredo del Mazo, Carlos Hank o Emilio Chuayffet y no reparará en apoyos para lograrlo.
La relación entre el presidencialismo priísta y Atlacomulco ha sido cordial dado el poder que ambos poseen, no por ello se debe asumir que se trata de grupos afines, pues ambos operan bajo su propia lógica y, en el Estado de México, el poder está monopolizado por los que ahí nacieron o sus ahijados. El poder en esa entidad se reparte, comparte y hereda.
En tanto, Roberto Madrazo es un político que al interior del partido goza de enorme popularidad al haber encabezado una rebelión en contra de Ernesto Zedillo y por las alianzas que ha sabido tejer prometiendo que su victoria traería de vuelta las mieles del poder ilimitado del pasado. Esa añoranza por el cacicazgo que él mismo tiene en Tabasco, es la que congrega gran número de seguidores en torno suyo, como se demostró con su victoria en la elección para dirigente nacional del PRI, en la que de Oaxaca y Tabasco salieron una inusitada (acaso inverosímil) cantidad de votos a su favor.
Detrás de Roberto Madrazo está lo peor del priísmo (si es que entre ellos caben aún distinciones de esta clase). Desde el apoyo de la CTM (Leonardo Rodríguez Alcaine y ahora Joaquín Gamboa Pascoe) hasta Heladio Ramírez, Ney González, Joaquín Hendrix, René Juárez, Manuel Andrade, y los caciques posmodernos, José Murat y el siempre risueño Ulises Ruiz.
La postulación de Montiel como rival del tabasqueño provocó que muchos analistas afirmaran que todo se trata de una farsa, que al interior ya se pactó la candidatura de Madrazo y que el mexiquense sólo la hará de sparring para tratar de demostrar modos democráticos. Quienes eso afirman, están ignorando las encuestas que marcan una tendencia a la baja en la aceptación el presidente del PRI y que si Unidad Democrática, en efecto se mantiene unida, supera en intención de voto 2 a 1 a Roberto Madrazo. Es absurdo pensar que Montiel vaya a vender tan abarato ese capital, sólo por unos cuentos escaños en el Senado y el fuero que ello conlleva a cambio (aunque pudiera hacerle mucha falta).
Quienes dicen que Montiel declinará, gozan de corta memoria, pues el enfrentamiento entre ambos a principios de año para definir al candidato tricolor a la gubernatura del Estado de México fue evidente, y ninguno de los dos dio su brazo a torcer hasta que Montiel logró poner a su delfín, Enrique Peña Nieto, aún con la oposición plena de la dirigencia nacional de partido que apoyaba a Carlos Hank Rhon, uno de los principales prestamistas del PRI, con el que Madrazo ha pactado millonarios créditos a la palabra.
El terreno de las similitudes entre ambos no augura un elevado tono de debate; de propuestas, menos. Se trata de un par de priístas de cepa, herederos de dos escuelas paradigmáticas de lo que ese partido significó en sus setenta años de régimen. Madrazo y Montiel son dos viejos lobos de mar que se las saben de todas, todas y que para ganar la postulación echarán mano del recurso que sea necesario (sucio, caro o ilegal) como lo han hecho en sus respectivos feudos.
El PRI ahora en su conjunto se encuentra ante la disyuntiva de definir su futuro. Las lecciones de hace seis años fueron claras y el único camino seguro es la unidad.
Por lo pronto la primera amenaza de cisma ha escampado con la victoria del de Atlacomulco porque las versiones de fractura del Tucom sugerían que Montiel se iría por la libre en caso de no resultar vencedor, lo que por obvias razones no sucederá.
Arturo Montiel podría acrecentar su popularidad si el priísmo repara en que la fuerza de Roberto Madrazo mengua fuera de ese instituto y que es el político con más opinión negativa entre los votantes, por lo que una victoria suya puede complicarse de sobremanera.
Nunca como ahora el PRI tiene ante sí las respuestas y el camino claro, si se fracturan, pierden como pasó en el 2000; si se unen, están de vuelta en el 2006.
El candidato que resulte ganador deberá ser capaz de manejar la ambición de los militantes del PRI. Si logra capitalizar la ambición por el poder en un proyecto común, la victoria estará cerca. En cambio, si la ambición se aleja de lo común y se convierte en egoísmo porque un grupo sea el que prevalezca, esa misma ambición será la que los relegue otros seis años de la presidencia… quizá hasta doce.
alfredo.díaz.f@gmail.com


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