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A.D.F.
El tiempo es imparable e irremediablemente nos alcanza. Lo que aún es un recuerdo fresco en la mente, esa memorable jornada del 2 de julio de 2000, fecha que sin duda quedará grabada en la Historia de este país, es un ciclo que está por cerrarse.
En exactamente un año, millones de mexicanos estaremos acudiendo a las urnas a elegir al sucesor de Vicente Fox en Los Pinos. En las manos de ese hombre (no se vislumbran mujeres con posibilidades siquiera de postulación) estará dar los pasos decisivos en la consolidación de la democracia y tendrá la responsabilidad de lograr lo que más ha faltado en estos cinco años: acuerdos.
La apertura electoral de 2000, desbordó a la política y las miras estuvieron puestas sólo en el interés inmediato de resultados particulares. Todos los partidos se boicotearon mutuamente reformas importantes y factibles por la mezquindad de unos cuantos votos; mientras el país, bien gracias.
La elección del 2000 destapó muchos problemas que habían sido ignorados pues no se presentaron durante el régimen monopartidista imperante durante siete décadas. Para bien o para mal, es el PAN a quien le tocará pagar seis años después la factura de las limitaciones de un sistema que no estaba hecho para la alternancia ni el multipartidismo y cuyo diseño, al final, no era culpa del blanquiazul.
La pluralidad en el congreso que impide las mayorías y permite las colaciones opositoras convenientes a cada iniciativa es una muestra de ello. La falta de cuadros dirigentes afines a la ideología del partido en el poder es una carencia hasta entonces inexistente y que el PAN tuvo que suplir con los resultados ya conocidos.
Dentro de poco más de doce meses (si todo sale bien y el fantasma de la impugnación y la anulación son desterrados de ese proceso, ahora que su presencia es cada vez más persistente) habrá presidente elector. Andrés, Enrique, Roberto o Arturo será su nombre de pila y su filiación será tricolor o amarilla y negra, esas son –hasta hoy- las opciones que despuntan firmemente.
Los retos que asumirá serán sustancialmente los mismos que enfrentó en su momento Vicente Fox. Las demandas de la gente son las mismas pero acentuadas, sobre todo en materia de seguridad y empleo, cánceres que están destruyendo al país.
El escenario nacional lo recibirá con dos importantes cambios, la alternancia en la presidencia ya consolidada con el segundo cambio de partido en la silla en seis años, y el peso creciente del narcotráfico y la violencia que genera, hoy ya realidades de peso que superan “la burbuja” regional y lastima a la sociedad que es ajena de las organizaciones.
Los triunfos de Fox son magros aunque no por ello se deben ignorar, principalmente en materia de transparencia, profesionalización de los cuerpos de seguridad de elite y extensión de la seguridad social. Sin embargo el “no nos falles” que le endosó la gente la madrugada del 3 de julio en el Ángel de la Independencia no le urgía en esos campos.
Quien sea el nuevo Jefe del Estado Mexicano deberá lidiar con el mismo escenario de división política y convenir con los que salgan lastimados, que, con toda seguridad, saldrán más dolidos que hace seis años ante lo cerrado del panorama. El nuevo presidente llegará con mucho menos capital político, menos impulso popular y más urgencias de las que trajo consigo Vicente Fox.
Para desgracia del actual presidente, él fue el piloto de pruebas de la transición y con ella se quemó. Si el que le sigue aprende a evitar los obstáculos en los que se empecinó Fox y afina la negociación, seguramente le irá mejor, y con ello, el país podrá salir del bache.
A 365 días el reloj sigue su persistente y puntual macha, y ahí llegaremos, 2 de julio 2006.
alfredo.diaz.f@gmail.com


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