Discriminación
A.D.F.
“…terminar con la discriminación requiere un cambio profundo en la cultura política y el primer paso para erosionarla, es reconocer que existe; no hablar de ella es engañarnos a nosotros mismos y posponer el tratamiento…”
El día sábado acudió a la mesa de Reporte Deportivo, uno de los deportistas mexicanos más exitosos de todos los tiempos y el mejor del mundo por muchos años: Saúl Mendoza.
El campeón paralímpico llegó a las instalaciones de Grupo Imagen puntual a su cita pero no así al estudio. ¿La razón? El flamante y fastuoso nuevo edificio de la empresa no tiene rampas por ningún lado para acceder ya sea de la calle o del estacionamiento, a la plataforma de los elevadores. Qué vergüenza.
Ejemplos como el anterior abundan por doquier (la mayoría de las veces no los vemos) y nos ponen de manifiesto una problemática omnipresente: La discriminación.
Cuando hablamos de ella, existen cuatro verdades innegables:
- Vivimos en mundo en el que la discriminación sí existe.
- Es un atentado que lastima e impide avanzar hacia una sociedad equitativa.
- Todos somos responsables de ella, ya porque discriminamos o porque toleramos que alguien más lo haga.
- No va a cambiar de la noche a la mañana, requiere de un profundo y permanente proceso de reeducación cultural de la sociedad en su conjunto.
La discriminación está inserta en lo más profundo del tejido social y por tanto, es parte del comportamiento de los integrantes que la conformamos. Sin embargo, cuando estalla un caso escandaloso de lamentables consecuencias provocado por el odio (como los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, discriminación a minusválidos, violencia contra minorías étnicas, etc.), la gente en su conjunto se apresura a mostrarse sorprendida y desmarcarse de esa práctica: “yo no discrimino”, dicen.
Empero, para que se pueda dar este fenómeno, toda la sociedad debe participar en menor o mayor medida para propiciar condiciones de existencia, de otro modo, no estaríamos hablando del tema.
Lo más grave es que la discriminación, exclusión, marginación o sobajamiento tienen un altísimo costo tanto para los individuos como para la sociedad y su sustento es tan absurdo como que es producto de supuestos imaginarios subjetivos sociales que le dan forma, se van interiorizando y adquiere valores normativos. En el extremo de la estupidez social, se la atribuye valor utilitario.
Una persona que discrimina es tanto responsable como víctima de un largo proceso. Desde los aparatos de socialización más temprana ya se notan casos de separación de las personas. Por ejemplo, en la escuela primaria ya se les dice a las niñas que determinados juegos no son para ellas o que los niños no lloran. Esa es discriminación de género.
En el segundo momento del caso anterior, el niño es educado en este pensamiento por un profesor que muy seguramente no actúa de mala fe, sino que sólo está reproduciendo un modelo que aprendió a través del mismo mecanismo.
Para acabar con este fenómeno se han emprendido infinidad de campañas y se recurre a eufemismos lingüísticos que solamente maquillan las desigualdades y pretenden negar la realidad sin llegar al fondo mismo del problema. Así, a los minusválidos ahora se les dice “personas con capacidades diferentes” o a los negros “negrito” o “morenito”. Esto no ayuda en nada.
Terminar con la discriminación requiere un cambio profundo en la cultura política y el primer paso para erosionarla (lo que indica que será un largo camino), es reconocer que existe; no hablar de ella es engañarnos a nosotros mismos y posponer el tratamiento.
Tenemos en la discriminación un severo obstáculo en la democratización de la sociedad. No habrá sociedad equitativa en ningún sentido mientras las diferencias signifiquen inferioridad.
Pero vamos por pasos y digamos las cosas como son: No somos iguales. Yo no soy igual a usted que lee así como usted no es igual a sus padres ni a sus colegas; unos somos hombres y otros mujeres, unos somos altos y otros bajos, unos tenemos SIDA y otros no, unos tenemos plenas capacidades motrices y otros nos desplazamos en silla de ruedas… evidentemente por nuestra condición, requerimos DIFERENTES condiciones para alcanzar un pleno desarrollo.
Una sociedad que no discrimina no es aquella en la que todos estamos hechos del mismo molde (como lo pensó Hitler o como pasa en Corea del Norte), sino aquella en la que las diferencias –muchas o pocas- son compensadas y no mermen el acceso a las mismas oportunidades. Ya lo decía Karl Marx, que la construcción de una sociedad equitativa era darle a cada quien de acuerdo a sus necesidades y de acuerdo a sus capacidades, es decir, ni ahí se habló de igualdad.
(Cabe aclarar en este momento, que la igualdad es un término jurídico liberal que asume a cada persona como un voto, o bien, con los mismos derechos y obligaciones ante la ley, de modo que no se puede trasplantar este concepto a la ciencia social)
Y es que la discriminación es un vórtice que a todos nos engulle. Así como en México discriminamos a determinados grupos, los mexicanos somos discriminados ante otras naciones, y esas a su vez frente a otros grupos. Nadie está exento. En este sentido, el grupo nacional crea expectativas de identidad cargadas de significados que permiten enfrentarse ante “los otros” y afirmarse ante sí. De este modo, el “diferente” es totalmente anulado sólo por esa única característica que lo emblematiza y ejerciendo presión para que abdique su inteligencia, afecto o aptitudes y se entienda a sí mismo a partir de ese único rasgo (color de piel, discapacidad, nacionalidad, etc.) que ante los demás lo hace inferior.
Cuando esta perversión se va añejando la discriminación se transforma en desprecio, luego se les considera una amenaza y por último en enemigos a los que hay que destruir, cuando en realidad se trata de un ataque a víctimas de la ignorancia e intolerancia del grupo agresor pues, per se, no representan nada de aquello que se les acusa.
Cambiar las leyes y que las instituciones modifiquen sus enfoques para enfrentar este fenómeno es sólo un paso menor. Si esto no se acompaña de un cambio correlativo en el plano cultural, es decir, resignificar por medio de juicios alternativos nuestras diferencias para que estas no sean de inferioridad, no habrá avances.
Democracia, justicia y equidad son puertos a los que sólo podremos arribar en cuanto prácticas como la discriminación queden desterradas por completo. No se puede considerar a una sociedad ni democrática ni justa ni equitativa mientras un solo integrante de ella sea ignorado o vejado por diferencia alguna que lo haga inferior ante los demás.
Cóctel
Desde este espacio, quiero saludar el nacimiento de How To Dismantle An Atomic Blog, un nuevo espacio comunitario en Internet al cual fui invitado a colaborar y que esta semana ve la luz.
Lo invito a que lo visite y participe en él. Desde aquí estaremos colaborando con ciertos artículos que serán compartidos aunque existirán otros que serán exclusivos para este sitio.
alfredo.diaz.f@gmail.com


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