¿Y la rendición de cuentas?
Usted tiene un trabajo. Antes de entrar a la empresa en la que se desempeña, previamente fue entrevistado y, de entre un universo de candidatos, el jefe de Recursos Humanos determinó, que por sus capacidades, preparación y experiencia, usted era la persona idónea para cierto puesto.
Ya, usted está dentro y va a trabajar todos los días. Pero de repente empieza a faltar, se duerme en el escritorio, prefiere irse a hacer campañas. ¿Qué le pasaría? Pues de seguro lo corren.
Ahora imagine que no lo pueden correr. O en una segunda suposición, que usted haya sido un empleado formidable, productivo y que además ya aprendió a hacer su trabajo, pero al finalizar su contrato, los beneficiados no lo pueden renovar en el cargo, y a cambio va a entrar un inexperto rodeado de inexpertos. Todo lo mucho o poco construido se va al caño.
Pues más o menos es lo que ha pasado en el Senado. Los legisladores priístas echaron por tierra una de las reformas más controvertidas de los últimos años pero también una de las más necesarias: la reelección de legisladores.
Históricamente la palabra reelección, a raíz del trauma que causó en el imaginario popular por los gobiernos de Porfirio Díaz y que los regímenes de la Revolución (que de revolucionarios tuvieron lo de honestos) se encargaron de perpetuar, causa temor.
La propuesta en ningún sentido es sinónimo de dictadura o perpetuación en el poder de una élite. Se trata de que el ciudadano pueda evaluar el desempeño de los servidores y, por medio de su voto, premiar a aquellos que logren demostrar que mantenerlos en las Cámaras es beneficioso para la ciudadanía. De otro modo, a su casa.
Se trata de que los legisladores acumulen experiencia. En el Senado, cada seis años es la misma historia. Llegan a apantallarse por el solemne salón de sesiones de Xicotencatl, a acomodar sus cosas, conocer a las secretarias y edecanes, tratar de entender el reglamento los procedimientos, cómo organizar comisiones, cómo discutir las leyes, y en el mejor de los casos, a los dos años ya agarraron el ritmo. Y justo cuando todo va sobre ruedas, fin, se acabó y todos, los 128 van para fuera y otros tanto inexpertos vienen a repetir el procedimiento de aprendizaje.
Si dramático es en el Senado cada seis años, ahora imagine en la Cámara de Diputados cuando esto sucede cada tres.
Otro de los beneficios que la fracasada reforma traería, pero que la miopía de los senadores les impidió ver (concretamente, con nombre y apellidos, los seguidores de Humberto Roque Villanueva y Roberto Madrazo) fue que esto beneficia a los partidos, pues al ser EL LEGISLADOR y no el partido el que le pone la cara al elector para pedirle de nuevo su confianza, es el individuo el que se gana el respeto o desmorona su reputación. Los partidos se “raspan menos”. Es como en Estados Unidos, donde los ciudadanos saben quién es su representante, lo conocen de nombre y lo mantiene en el Congreso si responden a sus intereses y crean así figuras de mayor estatura y presencia política, que acumulan experiencia y que hacen peso real de crítica y dejan de ser una mano más en los escaños.
Y a pesar de que esta reforma es un fracaso en sí, es un indicador que brinda poco optimismo en cuanto al futuro de una reforma del Estado más profunda. La mayoría del los Senadores ya había comprometido en un documento su intención de pasar la modificación, y sin embargo, a la hora, viraron el sentido de su voto y estrepitosamente echaron todo a tierra.
¿Qué garantía existe entonces, que su voluntad expresada semanas atrás de discutir y construir los muy profundo y necesarios cambios que el Estado requiere, vaya a ser cumplida?
Es fundamental que si lo que dicen los spots de los Diputados es verdad y que en la Cámara todos estamos representados, y que no es pura retórica barata, nos compenetremos con nuestros legisladores y nos rindan cuentas.
¿Sabe quién es el Senador, Diputado o su Asambleísta que representa la zona en la que vive?, ¿sabe siquiera si ganó la persona por la que sufragó en 2000 y 2003?, ¿sabe en qué sentido vota?


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