jueves, diciembre 16, 2004

"A ver, atrévete..."

Porque puedo
Cual bravuconería de dos chavitos de quinto de primaria, de esos que se creen malos y que se toman el Frutsi por debajo mordiendo la base de plástico, salieron Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador ante los micrófonos los dos días siguientes al linchamiento de los agentes federales en San Juan Ixtayopan.
Ambos, impúdicamente y mostrando muy poco de formas y altura política, retaron al Presidente. El primero dijo que no se iba ni aunque se lo pidieran; el segundo declaró que no aceptaría la remoción de Ebrard aunque Fox tuviera la facultad.
En un artículo anterior, les comentaba que la salida de Ebard no solucionaba nada ni era castigo para los culpables. Sin embargo, más allá de sus errores, el mayor promotor de la remoción fue él mismo. Y por si no bastaba para que lo corrieran, su jefe le echó la mano, para que quedara claro.
Las palabras del ex jefe de la policía y del Jefe de Gobierno fueron un artero reto al Presidente.
Desde la llegada de Fox al poder, su manejo gerencial y, hasta cierto punto, bastante honesto, ha desprendido a la figura presidencial de muchas facultades metaconstitucionales que ayudaban al ejercicio del poder en un lugar, donde las leyes y las instituciones son endebles.
Así, Vicente Fox le entregó al Congreso la facultad de reprenderlo, de prohibirle salir del país, de detener sus reformas de ley, y ahora, hasta de tirarle el presupuesto.
Ahora tenemos legisladores que le gritan durante la ceremonia del Informe, que lo abuchean, que lo insultan.
Por otro lado, Vicente Fox decidió no ejercer presiones a los gobernadores de ninguna índole, mantenerse distante de las elecciones, permitirles la libre distribución de recursos. Es más, de que no lo apoyen en programas conjuntos como es el caso de Tabasco, donde el Gobernador Manuel Andrade, simplemente no permite que el Seguro Popular, el plan más ambicioso y exitosos de esta administración, funcione. Andrade ha decidido no dar la participación estatal y, por lo tanto, la gente que no cuenta con seguridad social en su estado, así se quedará (en Sinaloa y Colima, todos los habitantes están asegurados y cuentan con servicios médicos).
Así, el Presidente ha limitado su actuar a lo que la permite y obliga expresamente la Constitución, lo cual ha desatado comportamientos no vistos antes. En la historia nunca había habido tal libertad de expresión.
Sin embargo, ante el enorme revés que el Congreso le surtió, imponiéndole el Presupuesto, el Presidente Fox vio ante sí, desmoronarse su investidura que es mucho más de lo que una persona por sí misma pueda representar. El Presidente es más grande que Vicente Fox, su depositario estos seis años.
Tal descapitalización de su jerarquía, coincide con las infortunadas declaraciones de López Obrador y Ebrard. ¿Qué más quedaba por hacer? Lo que hizo, dar un golpe en la mesa e imponer su autoridad.
Lo que hicieron el Jefe de Gobierno y el Secretario de Seguridad Pública, en otras palabras, fue decirle al Presidente: “aunque me digas, no te haré caso”, “puedes, pero no quiero”, “a ver, atrévete”
El Presidente tomó la decisión entonces de aceptar el reto y ver quién podía más. Entonces la honestidad valiente, no se pudo mantener en su papel bravucón, tuvo que doblar las manos y entregar a su jefe de la policía.
Aún no es comprensible la necesidad de tales declaraciones. Tan fácil hubiera sido decir: “Sí, el Presidente tiene la facultad de remover al Jefe de la policía, que estudie el caso, y si encuentra elementos que lo lleven a esa determinación, lo acataremos como es nuestra obligación”.
Una declaración así de sencilla hubiera: 1) Dejado todo el peso y los costos políticos del otro lado de la mesa; 2) Se hubiera denotado conocimiento, apego y respeto a las leyes, lo primero que debe observar un gobernante; 3) Se le hubiera dado preponderancia a la facultad constitucional del Presidente antes que a la persona de Vicente Fox, lo que subiría el nivel de la decisión de la persona (Fox), a la institución (El Poder Ejecutivo).
Pero no, el rayito de esperanza, El Indestructible pensó que no le pasaría nada, respaldó el berrinche de su vástago y terminó con su gallo medio desplumado.