miércoles, noviembre 24, 2004

Precaución: Sociedad pudriéndose

Los escandalosos, terribles y brutales acontecimientos de los que ayer fuimos testigos, en los que tres agentes federales que se encontraban trabajando en una investigación en la delegación Tlahuac, fueron detenidos, golpeados, asesinados y quemados en manos de una turba irreflexiva, tienen que ser motivo de una severa crítica, de castigo ejemplar, pero más allá de esto, son ejemplo claro de la descomposición social tan severa que se vive en nuestra sociedad.
Hoy la nota es primera plana en los portales de la BBC en los que se editorializa que lo acontecido ayer, es el último ejemplo del pueblo haciéndose justicia, frustrado por la corrupción de estado y el crecimiento de la delincuencia.
El hecho, es que más allá de la “frustración” que puedan o no sentir los habitantes/asesinos de ayer de San Juan Ixtoayapa, lo que hicieron fue un fragrante homicidio con todas, de verdad, todas las agravantes de la ley ante la incompetencia demostrada, una vez más, de la autoridades locales que no se presentaron sino dos horas después al lugar, y cuya actuación fue tibia y desorganizada.
Los asesinatos de ayer son el ejemplo práctico de la falta de confianza de la gente en las autoridades, de un injustificado deseo de hacer justicia por su propia mano. Y digo injustificado no porque no se debe perseguir la justicia, sino porque bajo ninguna circunstancia, en una sociedad regida por leyes, se pueden comprender que una persona siquiera piense que la justicia está en sus manos.
En un Estado como tal, con “e” mayúscula, el nivel de civilidad debe quedar demostrado en cuanto todos y cada uno de nosotros entendemos que hay instancias a las que compete la aplicación de la justicia. Lo de ayer, es el máximo ejemplo de barbarie, en el que hasta por mera diversión, por la mera sed de justicia para saciar las carencias de sus miserables vidas (ojo, no miserables en el sentido de falta de solvencia económica, sino de valores e intelectuales), un pueblo puede hacer.
Es también el ejemplo de la perversión del concepto de “pueblo”, de “región” y de “tradición”. En los casos anteriores de linchamiento, los sondeos mostraron que la población justificó su crimen aduciendo a que era gente que iba a violar la tranquilidad de su “pueblito” a “hacer cosas malas”. Carajo, que patética forma de ver el mundo. Ese no puede el ser el concepto que se tenga de identidad o pertenencia hacia un lugar, eso no es proteger su estilo de vida ni su tranquilidad, máxime en poblaciones donde la violencia la engendran ellos mismo durante las celebraciones religiosas, con la violencia intrafamiliar, de género y psicológica. En los pueblos es donde más abunda, ahí, en los santuarios de asesinos.
Y por último, esta es, esperemos ya, la consecuencia máxima del crecimiento de la violencia en los pueblos conurbados, que ha permitido crecer el jefe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador.
Hoy El Universal documenta tres casos en esta administración, en Iztapalapa, San Pedro Martir, Milpa Alta (y faltan los policías golpeados al tratar de desalojar un predio en Xochimilco), en los que la gente ha querido matar a delincuentes o policías sin siquiera estar seguros de lo ocurrido.
En todo ellos, sin excepción, el actuar de la policía ha sido tibio, no han querido “caer en provocaciones y enfrentamientos” y esperan resolver los casos basados en la “razón y el diálogo” cuando el actuar de los pueblos asesinos no va en esos rumbos.
La falta de autoridad del Jefe de Gobierno, y por tanto de Bernardo Batiz, Marcelo Ebrard y Damian Canales, han permitido que cada vez veamos más casos de linchamiento, pues los intereses electorales del niño de Macuzpana, no le permiten tener el valor de enfrentar a los pobladores de esos lugares y obligarlos a actuar por los cauces establecidos.
Esa es la gran diferencia del Estado en su definición más fría, el que tiene el monopolio del uso de la fuerza. Para eso se debe usar, para someter a gente irracional que, protegidos ya no sólo por el anonimato que da la masa, sino por la indolente omisión de las autoridades, han aprendido que pueden matar sin que nada les pase, sólo porque Andrés Manuel, por no enfrentarse a ellos, se hará de la vista gorda.
Muy vergonzosa, pero esta debe ser la última llamada a todas las autoridades para que hagan su trabajo en materia de seguridad y educación cívica. Y al jefe de Gobierno, para que a ver si ahora sí va a ordenar la detención y castigo de los asesinos que ayer destruyeron la vida de tres familias que eran sustentadas por tres hombres que –irónicamente- trabajaban para los que a la postre los matarían.
Basta ya de seguir permitiendo que la sociedad se pudra. Si esto no es la descomposición del Estado de Derecho, yo preguntaría entonces qué es.