40 mil vidas...
Ante la tragedia, sobrecogedora que no hace más que empequeñecer el corazón de conmoción y envilecer nuestras preocupaciones personales o noticiosas diarias, el espíritu no puede más que solidarizarse con el sufrimiento ajeno y hacer una pausa para estudiar nuevamente qué pretende hacer la humanidad con ella misma y asumirse como tal, como un producto natural antes que cultural, como un ser vivo antes que como un animal político.Sábado por la noche, madrugada del domingo, Team News alrededor del mundo empiezan a resonar con los timbres que anuncian la llegada de un nuevo cable.
AFP y Reuters principalmente, en calidad de urgente y en textos muy cortos anuncian “un fuerte sismos en Indonesia” y, el primer informativo afirma que al menos hay cuatro muertos.
La actualización 1 habla de 10 muertos, la dos de 25, la tras de 350. 50 horas después, a las nueve de la noche del lunes, leo que El Mundo, reproduce las declaraciones oficiales de la autoridad indonesia: “son entre 21.000 y 25.000 los muertos”. La suma: más de 40.000 muertos en total.
Cuarenta mil personas que en un día, el mar se las tragó y escupió inanimadas, 40 mil personas, una tercera parte de ellas niños, a los que un domingo después de Navidad, una pared de 12 metros de alto, a 800 kilómetros por hora, arrancó de sus casas, aún estas a 60 kilómetros tierra adentro.
Somalia. A ocho horas de que la tierra retumbara a 10 mil metros de profundidad, cien pescadores de aldeas perdidas en la costa africana, murieron sin dejar rastro. Ocho cuerpos han sido recuperados.
Y como estos ejemplos, hay decenas, centenas, miles y decenas de miles de vidas que fueron arrancadas sin que nadie pudiera ser responsabilizado.
El hombre ha quedado desnudo ante la reiteración fiera de la naturaleza de su poder y su innegable supremacía.
Ahora el mundo entero enfrenta ahora el reto de cumplir con su obligación de ayudar a los ya más de un millón de desplazados y afectados, y trabajar para que la enorme tragedia no se transforme en una crisis humanitaria por epidemias, hambre y rapiña.
Cientos de aviones y decenas de millones de dólares deberán llegar a las naciones afectadas para aliviar un poco el sufrimiento.
Lo de ayer no puede ser usado para ningún fin que no sea para el propio beneficio de las víctimas y sus familiares. Ninguna organización, gobierno o personaje puede tomar la tragedia como estandarte de su lucha. Nada se hizo ni se puede hacer para que esto sucediera o no se repita. Simplemente tembló y lo demás fue física pura.
La cifra aumentará en las próximas horas, días y semanas. Nunca sabremos cuantos fueron, pero el día 26 de diciembre quedará marcado para siempre. Nunca la naturaleza había azotado con tal fuerza de un solo golpe. Nunca se podrá olvidar.
Hagamos un paréntesis de pejes, presidentes, presupuestos, asambleístas, corrupciones, desafueros y ceses, y reconozcamos la ínfima presencia del hombre que nada puede hacer más que reconocerse indefenso cuando la naturaleza decide dar un golpe en la mesa y arrancar un trozo de humanidad, engullirlo, e imponer las jerarquías.
No hay nada que valga la pena escribir que no sean estas 40 mil vidas… no hay nada que justifique no hacerlo…


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home